Crónica de un extraño que vio a Guadalupe Plata

Por Cesar Covarrubias Yañez | @CesarCY_

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Pude contar, hasta antes de la tercera llamada, a poco menos de 100 asistentes que como yo, acudimos al Museo de los Ferrocarriles a ver a la agrupación que salió del tren 601 adaptado para funcionar como camerino solo durante el viernes 9 de octubre.

“¡No pierdan esa actitud! ¡Nunca dejen de ser así!“, les gritaba a los españoles mientras se preparaban para empezar a tocar.  Pedro de Dios: con cigarro en la mano derecha y slide en la izquierda, que juntas, medio abrazaban una Fender; Paco Luis Martos sosteniendo un bajo barreño, al parecer, hecho por él mismo; y Carlos Jimena acomodándose con sus baquetas en el banquillo de una DW donde sonarían ritmos de blues y jazz durante los próximos 70 minutos.

Yo, mientras tanto, bebía de mi cerveza de 473 ml. que clandestinamente escondí y que me haría tomar la iniciativa para bailar hasta adelante de las aburridas sillas con canciones como ‘Huele a rata‘, ‘Serpientes negras‘ y ‘Hoy como perro‘. Incluso hasta me animé a darle mi lata al guitarrista. La aceptó, bebió de ella y la aventó, al igual que al capo y todas sus colillas.

Debo aceptar que la guitarra esa noche fue seductora, deliciosa, destructiva… Esa Telecaster la recordaré toda mi vida por los slides y bendings que sucedían en su diapasón, por el cigarro atrapado entre sus cuerdas que se consumió hasta quemar la madera, por las tensiones tan adictivas que generaba en mis oídos y por lo agitada que estuvo mientras Pedro ecualizaba su sonido con la otra mano a través de un Fender DeVille.

Por su parte, Paco Luis se encargó de los bajos. Primero con el raro instrumento antes mencionado, luego con una guitarra/bajo caja de puros de 3 cuerdas para finalizar tocando una reluciente Gretsch; nada mal. Carlos no cambió de instrumento (obviamente), pero si de compás acentuando tiempos y jugando entre el blues, el jazz y el rockabilly. Si te contara la hipnotizada que me dieron.

De repente, un chico junto a mí sacó una armónica que llevaba consigo y sin pensarlo comenzó a tocarla. Después de unos segundos, subió como invitado al escenario y convirtió al grupo en un cuarteto de blues improvisando al puro estilo de la vieja escuela seguido por un breve encore que no saciaría mi hambre musical en aquél épico momento.

Al finalizar el concierto, aún con la piel chinita, me acerqué a ellos para platicar un poco, y a pesar de que me ignoraron por el notorio efecto que hicieron las ‘birras’ en mí, tuve el descaro de pedirle a Pedro la famosa ‘cooperacha‘ para una última bebida de cebada. Sólo por hoy. Inesperadamente accedió y recibí $45 pesos de su mano con los que regresé a la cotidianidad de mi vida en la que seguramente recordaré a Guadalupe Plata tocando entre los trenes 650 y 2203 mi canción favorita: ‘Calle 24‘.

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